Concurso Literario; Semana Cultural 2018

1 Premio

Luna llena (9 años)

Santiago, un niño de Cervatos de la Cueza, nunca había sabido quien fue su padre ni como se apellidaba. Desde pequeño vivía solo con su madre y con su abuela. Le habían contado que su padre había muerto en un accidente de tráfico pero él nunca se lo había creído.

Santiago era un niño más grande que los niños de su edad, tenía mucha fuerza y era el más rápido corriendo de su clase. Le gustaba estar solo y pasear por el bosque al atardecer. En sus paseos siempre sentía un olor extraño.

Un día de otoño por la tarde su abuela le envió a por moras a un zarzal cercano al bosque de los pinos de la carretera. Cuando estuvo cansado de coger moras se iba a ir a su casa porque la noche estaba cayendo, pero con el poco brillo de la luna llena no podía ver el camino de vuelta a casa. Su abuela y su madre estarían preocupadas.

De repente, oyó el aullido de un lobo en lo más profundo del bosque. Escuchó pasos cada vez más fuertes y cercanos.  Al instante, apareció el lobo, le vio y empezó a perseguirle. Santiago corrió y corrió asustado sin rumbo entre los pinos, hasta que cayó al suelo inconsciente.

Cuando Santiago se despertó entre las hojas secas del bosque, sintió el olor extraño que siempre estaba en sus paseos, el lobo con cuerpo de hombre estaba allí mirándole fijamente con ojos grandes y brillantes, Santiago no sentía miedo, sentía seguridad.  El hombre lobo acercó su cara hacia él y le dijo: “Cuantas ganas tenía de contarte esto Santiago; tú eres mi hijo, te apellidas LOBO. Tu madre y yo te hemos estado ocultando esto en secreto. No tengas miedo, he estado protegiéndote en todo momento, cada vez que venías al bosque”.

Y desde aquel día Santiago va a visitar a su padre todas las noches de luna llena.

Quijote


 

1 Premio

EL DUENDE DEL TIEMPO (13 años)

Anoche en casa, después de cenar y ver un rato la tele, me fui al dormitorio. Estaba muy oscuro y en silencio. Cuando di al interruptor de la luz encontré a un duende durmiendo el mi cama. Chillé tan fuerte que el duende se despertó, después corrió rápidamente hacia la puerta y la cerró con suavidad.

      – Shhh… Por favor, no quiero qué nadie más aparte de ti se entere de esto -me dijo susurrando.

  Le miré confundida. Llevaba puesto un traje verde roído y en sus manos desnudas resaltaban unos dedos largos y sucios. Me miraba con unos ojos apenados. Se notaba que se había esforzado mucho para llegar hasta mi cuarto. En su cabeza dos largas y picudas orejas sobresalían de un gorrito verde también.

      – ¿Qué haces aquí? ¿¡Cómo has entrado!?

      – No te preocupes, no te voy a hacer nada malo. Solamente soy un duende que busca entre todas las personas del mundo para conceder a quién se lo merezca un objeto muy valioso y poderoso. Para eso he venido a tu casa; para concederte esto.

  El duende se sacó una extraña antigüedad del bolsillo trasero de su pantalón y me la entregó.

  Lo estuve observando un buen rato. Tenía forma circular y una fina y brillante cadena dorada para colgárselo en el cuello. En el centro destacaba una reluciente perla de color malva. Sin pensar mucho apreté cuidadosamente la perla y una tapa se abrió dejando ver un reloj antiguo en su interior. Las manecillas daban vueltas lentamente, marcaban las diez y cuarto. Pero al poco rato se detuvieron.

  Levanté la vista para preguntarle al duende que para qué me daba un reloj que no funcionaba, pero él ya no estaba. Había desaparecido.

  Apagué la luz y me acosté intentando descifrar para que servía ese reloj tan extraño y qué tenía de valioso. No pude seguir pensando mucho más, los ojos se me cerraron y dormí profundamente el resto de la noche.

  A la mañana siguiente, o eso era lo que yo pensaba, bajé a desayunar con el reloj alrededor del cuello. Al llegar a la cocina me di un susto al ver a mi madre allí, paralizada con la cena aún en la mesa y sosteniendo la cuchara repleta de sopa. Subí las escaleras de dos en dos y vi a mi hermano en su cuarto con el libro de historia en su escritorio. Miré por la ventana, pero aún era de noche y al fin comprendí lo que había sucedido.


1 Premio

A OTRA CARA DEL ESPEJO (44 años)

Sucedió un viernes cualquiera de Noviembre, hace ahora unos dos años y pico.

Después de una jornada laboral breve pero intensa, con premura, me dirigí hasta el aparcamiento para recoger mi coche y salir de allí antes de que la noche cerrada se me echara encima.

Siempre me ocurre lo mismo; a pesar de los muchos años que llevo viviendo fuera de mi hogar natal, cada vez que asiento mi trasero en el coche y me pongo en marcha con destino a la tranquilidad, una especie de cosquilleo, emoción y algo de nervios,  me invade el cuerpo completamente.

Esta vez, extrañamente, el viaje relámpago de tres días lo haría en solitario. Una parte de “Mi corazoncito” se quedaba en laciudad, para disfrutar del famoso Musical de moda “Zombie Survival”.

A esas horas la ciudad parecía un hervidero. Los vehículos con bastante prisa circulaban por las calles mojadas de aquí para allá, cada cual a lo suyo, como en un especie de laberinto donde cada uno sabe por dónde está la puerta de salida, independientemente del punto  donde se encuentre.

La gente bien arropada, cual hormigas inquietas, paseaba, entraba y salía de un sitio hacia otro sin importar la fina lluvia y esa niebla resmeona que todo lo abrazaba.

Es curioso, pero en esas situaciones de yo aquí con mi destino obsesivo en la cabeza y otros allá, sin saber lo que irán a hacer y aparentemente perdidos, me gusta imaginarme una historia para encajar a cada cual, en ese “Gran puzle” enorme  y aparentemente alocado llamado Humanidad. Como que tuviera la necesidad de que nadie se quedara “Huérfano de Vida”.

En la entrada a la Gran Vía, un viejo aparentemente aseado cruzó lentamente el paso de peatones, me  observó muy pacientemente y en ese momento  comencé a pensar; …..Mira este hombre, qué humor andar por ahí a estas horas,  seguramente esté viudo y por no estar  solo en casa,  ha salido a dar un paseo, además seguro que aprovechará para a ir a casa de la hija y estar un ratillo con los nietos…..

Una manzana más adelante, esperando el semáforo, una parejita muy acaramelada esperaba inquieta a cruzar. Ella muy sonriente, le pasaba la mano por el costado al chico barbudo algo descuidado;……¡Vaya maja que está La Rubia!, seguramente habrán salido hace un rato del trabajo, por las horas que son,  picarán algo antes de ir para casa. Los veo contentos, casi seguro que lo pasen bien esta noche…..

La verdad, sentí un poquito de envidia.

Después de varias fantasías, unas más interesantes que otras, casi a punto de abandonar por completo la urbe, me sentía como un padre que había dejado a sus hijos en la cama bien arropados entre sábanas suaves y con su habitación ordenada y limpia.

 Después de media hora de transitar por esas calles de caos ordenado, logre escapar de esa gran prisión tan afable, pero al mismo tiempo asfixiante. Me sentí como un pequeño ratoncillo atrapado en una casa dando vueltas  y más vueltas y que de repente se cuela por una pequeña rendija  y sale hasta el jardín.

Me puse en ruta, sintonicé mi emisora favorita y ajusté todo lo ajustable a mí alrededor. Por fin pude ver por el retrovisor, como los grandes edificios cada vez se iban haciendo más y más pequeños,  hasta perderlos totalmente de vista.

La lluvia había parado, todo era casi perfecto, buena música sin interferencias, mis historias  en la cabeza y de vez en cuando cantando alguna de esas baladas ochenteras de Scorpions que tantos buenos recuerdos me traen.

De repente, sin ton ni son, un calambre muy intenso me recorrió el cuerpo de los pies a la cabeza, mejor dicho, de la cabeza a los pies. Asustado, nervioso y bastante acobardado, estacioné el coche en el primer Área de Servicio que me encontré.  Concretamente era la que estaba en el Alto de la Morada, a unos dos kilómetros del Túnel del Seco. Bajé del coche, tomé aire y me encendí un cigarrillo. Tenía el cuerpo como si me hubiera pateado una manada de búfalos. Además, sentía un fuerte calor en la espalda, algo anormal para la temperatura que había en el exterior.

Pasados cinco minutos y algo más tranquilo, entré en el bar/restaurante de la Estación para tomar un refresco e ir al baño.

El ambiente en ese local era bastante raro, era la primera vez que paraba allí.

Un camarero tuerto detrás de la barra me preguntó:

  • ¿Qué te pongo muchacho?
  • Una tónica, por favor.

Sin más palabras, me dejó la tónica en la barra. El vaso era pequeño y estrecho. El cristal estaba algo rallado;…..Joder, podrían cambiar de vez en cuando la vajilla, vaya cutrería…..

Al poco rato, el extraño camarero me dejó un papel junto al refresco donde se podía mal leer:

Consumición……2,30 Euros

Muchas Gracias por la visita. Te esperamos de nuevo

 En la mesa del fondo dos hombres sin rechistar jugaban a las cartas.

Pude entrever entre las dos puertas giratorias de la cocina, como una joven muchacha aparentemente triste, de no más de veinte años, cocinaba en una gran pota un guiso que desprendía un fuerte olor a rancio;…….Esta chica, que pintará aquí. Lo más seguro es que esté estudiando y para sacarse cuatro perras, estará currando los fines de semana…..Pues vaya, podría haber buscado algo mejor…..

Todo estaba en calma, ni media voz se escuchaba, parecía como si alguien hubiera dado la orden de silencio total  o lo encierro en el calabozo.

Sin más dilaciones, me bebí de un trago el refresco y sin pasar por el baño, salí con prisa de ese local con el corazón a noventa por hora.

Más tranquilo, monté en el coche y sin casi abrocharme el cinturón de seguridad, ya estaba de nuevo en la carretera rumbo a mi destino tan deseado.

A  unos trescientos metros del Túnel del Seco el coche empezó a vibrar como si algo en su interior estuviera suelto. Reduje de la velocidad y la cosa mejoró. Estaba claro, no estaba siendo mi viaje ideal imaginado.

Pasado ese susto, mientras estaba circulando por el Túnel, comencé a sentir un cosquilleo intenso por las piernas. Me asusté, pero no lo di más importancia.

Una vez fuera del gran tubo de hormigón, una sensación extraña se percibía en el ambiente. La espesa niebla no me dejaba casi ni ver a cinco metros de distancia, pero en el exterior algo estaba sucediendo.

Allí afuera no había nada. Parecía como si un gigante hubiera estado haciendo un picnic en la gran pradera y de buenas a primeras y a toda prisa, hubiese recogido el mantel de cuadros verdes y blancos uniendo las cuatro esquinas y corriendo despavorido con todo ello al hombro.

Ni en mis peores pesadillas me hubiera imaginado en esa situación.

Asustado y muy nervioso,  paré mi coche y saqué el móvil para intentar llamar a no sé quién. En ese punto no había nada de cobertura.

Miedo y una sensación de vacío y desnudez, es lo que  yo sentía en esos momentos.

De repente, un pequeño animal cruzó por delante del coche. Temblé asustado, pero al mismo tiempo con alivio de poder ver que algo se movía allí afuera.

Cerré el coche  por dentro y si mal no recuerdo, permanecí inmóvil y totalmente bloqueado al menos durante una hora.

De repente, a unos veinte metros de distancia, pude apreciar unas luces azules. Esa sensación de alegría y emoción jamás se me olvidará;….Ufff, por fin, La Policía….

A toda prisa, arranqué el coche y como alma que lleva el diablo,  me acerqué hasta donde ellos estaban:

  • Buenas noches, Señores agentes….
  • Perdonen, ¿qué ha ocurrido?…
  • ¡Hola!. Estoy perdido y asustado…

Nadie contestaba, solamente me observaban pasmados, inmóviles y bastante sorprendidos, como estatuas de hierro ancladas al suelo.

En ese instante sentí un fuerte escalofrío, ahora era yo el que estaba allá y el resto del mundo estaba aquí. Además de terror, empecé a entender lo que es estar fuera del “Gran Puzle”, necesitado de que alguien me  aplastase contra el tablero y me encajara entre las otras piezas, sin dejarme “Huérfano de Vida”.

Genaro del Río


LUNA DE SANGRE (41 años)

Todo estaba preparado para una velada especial; habíamos organizado todo para disfrutar de aquella noche, habíamos comprado bebidas, comida y junto con la tienda de campaña y los sacos de dormir todo estaba ya dispuesto para acudir a la colina de los pinos altos.

Éramos 6 amigos, todos del pueblo, María que era la mayor tenía 24 años, trabajaba en la carnicería de sus padres y presumía de ser la chica más guapa del pueblo; Jesús tenía 22 años y estudiaba para ser psicólogo, siempre le había gustado escudriñar en la mente de los demás. Estaban Pedro y Laura de 20 años, que eran hermanos gemelos y vivían en un chalet de las afueras, donde muchos sábados nos reuníamos a darnos un baño en la piscina; se decía que su padre era el más rico del pueblo, tenía un negocio de funerarias y ya se sabe que nadie repara en el dinero para los muertos. Por último estábamos Andrea y yo de 19 años que cursábamos el primer año de universidad.

Habíamos visto en la televisión que esa noche sería una noche especial porque se iba a producir un eclipse de luna  y decidimos ir a verlo desde la pradera que estaba en la colina de los pinos altos.

A las nueve de la noche de aquel sábado, cuando el sol empezaba a encontrarse con él horizonte, salimos en la furgoneta de María hacia la colina. A última hora se unió al grupo una chica más, Carolina,  la prima de Jesús, que estaba pasando el fin de semana en el pueblo. Carolina era una chica rubia de mediana estatura, agraciada físicamente y muy introvertida. Solía acompañar a sus padres al pueblo los fines de semana a visitar a los abuelos.

Llegamos a la colina, montamos las tiendas de campaña, preparamos el fuego y empezamos a tomar las primeras cervezas de la noche mientras preparábamos la parrilla para la cena.

Nos sentamos alrededor del fuego y entre cerveza y pinchos reíamos y contábamos historias y  anécdotas. Estábamos disfrutando como lo habíamos planeado.

De repente se hizo el silencio, un chasquido, como la pisada sobre una rama seca, se había escuchado al otro lado de los árboles, nos miramos unos a otros intentando adivinar de donde había venido ese sonido. Laura se cogió fuertemente a su hermano y  dijo que le había parecido ver dos luces pequeñas y brillantes entre la maleza, no estaba segura, ya dudaba de que fuera su propia sugestión propiciada por el paraje. Buscábamos desesperadamente las causas propias de un bosque que lo podían haber producido, no queríamos tener miedo, y ninguno queríamos pensar en retirar el campamento y volver al pueblo. Jesús y María comenzaron a bromear con  historias de terror sobre lobos acechando, el asesino de los bosques,  y otras historias del estilo. Poco a poco se nos fue pasando el susto y volvimos a quedarnos tranquilos. Sin embargo Carolina permanecía en silencio, mirando hacia el bosque como atraída e hipnotizada.

A las dos de la mañana la luna empezó a cubrirse con una sombra roja; había comenzado el eclipse y todos estábamos emocionados; era un fenómeno increíble conocido como luna de sangre que no se producía desde hacía 42 años y que no se volvería a producir hasta 34 años después; la luna se oscurece y la atmosfera de la tierra filtra la luz azul y verde y deja pasar la luz roja, viéndose al astro imbuido en una sombra rojiza que hace poner los pelos de punta.

Todos nos quedamos en silencio mirando el cielo, viendo como la luna se iba tornando roja. Nuestros ojos brillaban de emoción, era algo increíble, aunque tampoco había que ocultar que no faltaba el miedo en alguno de nosotros. Los más temerosos nos agarrábamos fuerte a nuestros compañeros para sentirnos protegidos de aquel misterio que era para todos la luna roja, que junto con un silencio que se podía cortar y la oscuridad de la colina, creaban un ambiente digno de una noche de terror.

Poco  a poco el eclipse fue pasando y la luna se tornó de nuevo en un blanco brillante, todos queríamos hablar a la vez, nos quitábamos la palabra, comentando lo bonito que había sido, lo escalofriante del gran astro iluminado en tonos purpura; lo que habíamos sentido y la buena idea de haber ido a la colina a vivir esa noche mágica. Nos tomamos la última copa a la luz de las brasas y decidimos irnos a dormir.

Habíamos montado dos tiendas de campaña, una para las chicas y otra para los chicos;  serían las cuatro y media de la madrugada cuando se escucharon los últimos comentarios dentro de las tiendas.

A las 8 de la mañana el sol calentaba las tiendas y todos comenzamos a despertar; algunos salíamos de la tienda desperezándonos, comentando la noche que habíamos pasado. Después de un rato nos dimos cuenta de que la prima de Jesus, Carolina, no estaba allí. Todos pensamos que habría madrugado y estaría dando un paseo por la montaña, pero después de tomar un café caliente y de haber recogido el campamento Carolina aún no había vuelto.  La llamamos por teléfono pero este sonó en su bolso que estaba ya metido en la furgoneta.

Comenzamos a buscarla. Nos dividimos en dos grupos y rodeamos la colina sin encontrarla. Poco a poco comenzamos a alarmarnos porque aquello no era normal; Carolina no conocía el campo y no podía haberse ido muy lejos. Tampoco sabía ir andando al pueblo. No sabíamos que hacer y decidimos llamar a sus padres y contarles la situación; ellos sí que sabrían lo que había que hacer.

En poco tiempo la colina se había llenado de gente. Todo el pueblo había acudido ante la noticia de la desaparición de Carolina; también acudieron dos coches de la Guardia Civil y una dotación de emergencias.

Todos los allí presentes empezamos a realizar batidas dirigidos por Juan el Forestal, que sin duda conocía aquellos campos como nadie.

No fue hasta las 8 de la tarde cuando dos vecinos del pueblo encontraron el cuerpo de Carolina apoyado en una roca, inconsciente, sin ningún signo de violencia. Parecía estar dormida. Enseguida dieron la voz de alarma y rápidamente acudió el médico, que constató que estaba viva; la subieron a una camilla y la llevaron a casa donde sus padres la recibieron en estado de shock. Habían pasado un día terrible pensando, desde que su hija se había despeñado por un precipicio, hasta que una fiera salvaje la había atacado. Al final viendo que su hija estaba viva, y físicamente bien, habían respirado.

La acostaron y Carolina abrió brevemente los ojos, entonces sus padres le preguntaron que le había pasado pero ella parecía muy cansada, cerró de nuevo los ojos y se quedó dormida. El médico le hizo un reconocimiento completo y no observo ninguna anomalía; sus constantes vitales eran normales y nada parecía estar alterado. Aconsejó a sus padres que la dejaran descansar y decidió quedarse con ella en observación toda la noche para que no hubiera sorpresas.

Todos muy cansados después del día tan duro que habíamos pasado, nos retiramos a dormir dejando al médico con Carolina y esperando que al día siguiente ésta nos pudiera contar que le había pasado en la colina.

Serían aproximadamente las 3 de la madrugada  cuando Carolina despertó. El medico pendiente de su evolución durante toda la noche, sonrió y le pregunto qué tal se encontraba, a lo que ella contesto que bien. Cuando él se volvió para coger la medicina que le iba a administrar en ese momento, Carolina salto sobre el e hinco en su cuello dos colmillos afilados como puntas de navaja; mientras sus ojos enrojecían y reflejaban la mirada del lobo, dos gotas de sangre se deslizaban por el cuello del Doctor.

Madame Butterfly


Odio en la Red (45 años)

Poder odiar y ser odiado sin conocerse es una de las mayores atrocidades de este mundo. (Alessandro Manzini)

Año 2044, las abejas han ido desapareciendo de la faz de la tierra y los gobiernos del mundo ponen todo su empeño en estudiar nuevas formas de polinizar las plantas, la existencia de la humanidad está al borde del colapso. Corremos un gran peligro de desaparición, los vegetales han dejado de fructificar y la cadena alimenticia se ha roto. Los alimentos escasean y los saqueos en los almacenes de reservas son habituales. Las ciudades se han convertido en un campo de batalla donde el ser humano ya sólo lucha por alimentar a sus familias, sin reparar en límite ninguno.

Ha estallado la guerra de la calle.

En un laboratorio secreto situado en algún punto de la provincia de Palencia (España) se está estudiando la manera de sustituir la labor de las abejas, se ha probado con drones fumigadores cargados con polen, con alimentos sintéticos, con nuevas plantas transgénicas, pero nada consigue unos resultados válidos para alimentar a una población mundial que asciende ya a los 9500 millones de personas.

Los estudios se acaban centrando en fabricar un artefacto que haga el mismo trabajo que las abejas pero que no dependa de enfermedades, pesticidas, herbicidas, cada vez más utilizados, que han diezmado su población. Se está estudiando la fabricación de abejas robot. Sara, una científica destacada en robótica y con varios premios a sus espaldas, ha estado los últimos cinco años trabajando en el diseño de un insecto robot dotado de inteligencia artificial, programado para ejecutar la misma labor que las abejas, pero sin necesitar más que la luz del sol para cargar sus baterías. Ha conseguido que un solo insecto polinice cada día cientos de plantas. Se han realizado los últimos ensayos en los invernaderos del laboratorio y los pequeños robots trabajan mejor de lo que se había pensado. Sara y todo su equipo se felicitan porque su trabajo está dando los frutos esperados y todo su sacrificio se verá recompensado viendo como estas pequeñas creaciones devuelven la paz y la esperanza a un mundo sumido en el caos.

Corre el año 2046, se han empezado a producir en serie millones de abejas robot, se han puesto en marcha 23 fábricas en los 5 continentes, salen al campo 6 millones de abejas al día. Las abejas robot realizan con éxito la función para la que han sido fabricadas, las primeras zonas ocupadas por ellas empiezan a resurgir, se divisa una esperanza para la humanidad, todo el mundo se felicita, nada ha unido más al ser humano, las guerras cesan, el mundo se une en torno a la vida.

Año 2048, las abejas ya cubren todo el mundo, todo está volviendo a la normalidad. Después de 10 años de hambruna los alimentos vuelven a los mercados, las estanterías de los supermercados vuelven a estar llenas, los precios bajan, la vida, tal y como la conocíamos, vuelve a las calles.

Las redes sociales están en plena ebullición y todos sabemos todo de todos, criticamos, celebramos, lloramos y reímos en las redes sociales, nada se nos resiste, si alguien hace algo que no nos gusta no perdemos un minuto en comentarlo en la red. Se vive en la red más que en la vida real, solo eres alguien si “te quieren” en la red, solo entras en fiestas si tienes muchos followers (seguidores), es el tiempo de los influencers, son los que quitan y ponen a determinadas gentes en determinados puestos, ya no vale de nada la valía, ni los estudios y mucho menos lo duro que hayas trabajado para descubrir algo, nadie valora a los médicos, científicos, ingenieros, lo único que cuenta es cuantos seguidores tengas en la red. Se falta al respeto sin ningún tipo de remordimiento, se insulta y se vilipendia sin tapujos, no hay debate, no hay cabida para distintos puntos de vista, si no piensas como yo te odio y te marco, sin darnos cuenta del daño que se hace a las personas, a sus familias, a su entorno. Se ha puesto de moda un nuevo “check” para marcar a todas las personas a las que se odia, se ha puesto de moda marcar un “ Muérete”.

Los suicidios alcanzan porcentajes que nunca habían sido vistos, los más jóvenes son víctimas y a la vez verdugos, odian y disfrutan de ello hasta que son odiados, las depresiones son las enfermedades más comunes, los institutos son mercados de la información, cada uno vale mas por lo que sabe de los demás y la influencia que genera en ellos que por sus resultados académicos, aquellos que no siguen a los líderes son repudiados por los demás.

En medio de este clima de banalidad se empiezan a producir muertes que no dejan a nadie indiferente, famosos de todo el mundo se desploman como fichas de dominó.

En parís, en plena calle a la luz del día, cae fulminado uno de los más afamados y polémicos presentadores de TV, entre terribles espasmos y sin saber lo que le ocurre se retuerce en el suelo con las manos en la cabeza, gritando como si ésta le fuera a explotar. En el otro lado del mundo le ocurre lo mismo a un famoso futbolista muy criticado en las redes sociales por sus rivales, acusado de menospreciar a los propios y contrarios, vanidoso y superficial. Esta misma situación se repite en muchos países, afamados políticos, periodistas, futbolistas, cantantes… caen uno tras otro sin explicarse nadie que es lo que está ocurriendo. Siempre repitiéndose el mismo patrón, famosos en la red caen muertos en la calle sin apreciarse ninguna causa.

Un grupo de agentes especiales se encarga de la investigación, las autopsias solo desvelan que los cadáveres presentan el cráneo como un queso gruyere, no hay orificio de entrada ni de salida, no es un arma, no hay toxinas en sus cuerpos, no son capaces de explicar que es lo que está ocurriendo.

El misterio se desvela el sexto día cuando en las televisiones de todo el mundo, a la misma hora se cortan todas las programaciones y aparece en pantalla un individuo con la cara cubierta y la voz grave distorsionada que desvela que las abejas robot han sido hackeadas, sus modos de funcionamiento han sido cambiados, han sido reprogramadas, se les ha incorporado una orden en su software que se activa cuando en las redes sociales se marca a una persona con más de 10000 “ Muérete”.

Las abejas robot buscan a la persona marcada y se introducen en el cerebro por la nariz o los oídos causando la muerte entre terribles sufrimientos.

Cada persona que ha marcado un “ Muérete” se siente un poco culpable de lo que ocurre, pero desde la distancia. Todo el mundo ha marcado a alguien alguna vez, es una cosa habitual, todo el mundo piensa que no pasa nada, está asumido el insulto, el menosprecio desde ese lugar anónimo que es internet, donde, entre galleta y galleta del desayuno de cada día, ya has echado por tierra el trabajo de unos o has calumniado a otros. No faltan aquellos que se alegran de lo que está ocurriendo, murmurando “se lo merecían” entre sonrisas maliciosas.

Pero aquel hombre no había aparecido en televisión para contar que las abejas habían sido hackeadas para matar al marcado. Las Abejas Robot habían sido programadas para matar también al marcador, al odiador de oficio, a ese personaje que solo aporta a la sociedad odio, rencor, que es capaz de hundir a cualquiera por el mero hecho de no estar de acuerdo con sus ideas.

Las caras de los espectadores palidecieron, la humanidad se estremeció, se miraban unos a otros, como sin querer creer lo que habían escuchado, preguntándose qué hacer, entumecidos por el miedo. A partir de ese momento, cada persona que había marcado con un “ Muérete” a alguien sabía que sus días estaban contados, los enjambres de Abejas robot se aproximaban a las casas de los objetivos por cientos y se agolpaban en puertas y ventanas acompañadas de sus zumbidos estridentes, buscando un agujero por donde entrar, que siempre encontraban…

PALANTIR